La Voz de Dios
No juzguen a otros, para que Dios no los juzgues a ustedes. Pues Dios los juzgará a ustedes de la misma manera que ustedes juzguen a otros; y con la misma medida con que ustedes midan, Dios los medirá a ustedes. ¿Por qué te pones a mirar? la paja que tiene tu hermano en el ojo, y no te fijas en el tronque que tú tienes en el tuyo. (Lectura del Evangelio de San Mateo 7, 1-4)
Historias con Calor Humano
Jesús Disfrazado
Recordé aquella vieja historia de un monasterio en el que la piedad había decaído. No es que los monjes fueran malos, pero sí que en la casa había una especie de gran aburrimiento, que los monjes no parecían felices; nadie quería ni estimaba a nadie y eso se notaba en la vida diaria. Tanto, que un día el Padre Superior fue a visitar a un famoso sabio con fama de santo, quien, después de oírle y reflexionar, le dijo: "La causa, hermano, es muy clara. En su monasterio han cometido todos un gran pecado: Resulta que entre ustedes vive Jesús camuflado, disfrazado, y ninguno de ustedes se ha dado cuenta."
El buen Superior regresó preocupadísimo a su monasterio porque, por un lado, no podía dudar de la sabiduría de aquel santo, pero, por otro, no lograba imaginarse quién de entre sus compañeros podría ser Jesús disfrazado. ¿Acaso el maestro del coro? Imposible. Era un hombre bueno, pero era vanidoso, creído. ¿Sería el maestro de los novicios? No, no. Era también un buen monje, pero era duro, irascible. Imposible que fuera el Mesías. ¿Y el hermano portero? ¿Y el cocinero? Repasó, uno por uno, la lista de sus monjes y a todos les encontraba llenos de defectos. Claro que -se dijo a sí mismo - si Jesús estaba disfrazado, podía estar disfrazado detrás de algunos defectos aparentes, pero ser, por dentro, el Mesías.
Al llegar a su convento, comunicó a sus monjes el diagnóstico del santo y todos sus compañeros se pusieron a pensar quién de ellos podía ser Jesús disfrazado y todos, más o menos, llegaron a las mismas conclusiones que su Superior. Pero, por si acaso, comenzaron a tratar todos mejor a sus compañeros, a todos, no sea que fueran a ofender al Mesías. Y comenzaron a ver que tenían más virtudes de las que ellos sospechaban. Y, poco a poco, el convento fue llenándose de amor, porque cada uno trataba a su vecino como sí su vecino fuese Dios mismo. Y todos empezaron a ser verdaderamente felices, amando y sintiéndose amados. |